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Por: Alter B. Himelfarb W. / El deporte favorito de la humanidad: el antisemitismo (III)

Como expusimos en el Art. anterior (el «II»), después de la muerte del Rey Salomón, la tierra del pueblo hebreo se divide en dos reinos:  la parte Norte era llamada, «Reino de Israel», y la parte Sur, se siguió llamando «Reino de Judea», (traducción distorsionada del Latin, del nombre de Yehuda, uno de los 12 hijos de Jacob).  En cuanto a la parte Norte, esta tierra no solamente queda desierta, sino también, -como hemos dicho-, Sargón II se lleva a todas las Tribus hebreas que estaban establecidas en esas tierras, (en el reino Norte), para que trabajen y produzcan en Asiria.

 

Casi 200 años después, en el 587/586 a.e.c., el Imperio Babilonio, su Rey Nabucodonosor «II»,  requería fondos para su despilfarro imperial y lo único que se le ocurre, es atacar el pequeño Reino de Judea:  Lo que quedaba del pueblo hebreo.  Y lo logra, al cabo de año y medio de asedio a la ciudad de Jerusalém.  Obviamente, después de estar sitiada Jerusalém, sus habitantes hambrientos y famélicos, son vencidos por las hordas babilonias.  Nabucodonosor «II», como «gran proeza», destruye la ciudad de Jerusalém y su Templo. Nabucodonosor «II»,no tenia la capacidad de entender, que el fundamento del judaísmo, está en el Pentateuco, en la palabra de Dios y no en las construcciones.

 

Y Nabucodonosor «II», repitiendo la faena de Sargón «II», lleva cautivos a los judíos a Babilonia.  Allí los deja en absoluta libertad, para que, como «abejas obreras», produzcan «miel» económica para su imperio.  Los Babilonios, como buenos salvajes, acaban con lo que quedaba del Reino  de Judea.

 

Así, el Reino de Israel (Norte), destruído por Sargón «II»,como el reino de Judea (Sur), destruído por Nabucodonosor «II», quedaron convertidos en, «tierras de nadie».  En adelante, cualquier nómada podía establecerse.  Los Imperios invasores, sabían cuáles eran los terrenos conquistados, mas no había autoridades administrativas para ningún efecto.

 

Traigo nuevamente a Martin Gilbert/Atlas de la Historia Judía (Pág.7):  «En las ciudades en que se establecieron los judíos después de su dispersión,  rápidamente levantaron de un extremo a otro, poderosas comunidades intelectuales y mercantiles«.

 

Los judíos, conviven pacíficamente cerca de 50/80 años en Babilonia.  Allí son testigos de otro imperio que entra en acción: El Imperio Persa, (550-333 a.e.c.) que se apodera del Imperio Babilonio.   Obviamente, los judíos, como cualquier otro ciudadano del imperio vencido -el Babilonio-, podían transitar libremente en lo que era el nuevo Imperio Persa y gradualmente fueron estableciéndose en todo el territorio imperial.

En el año 538 a.e.c., cae, como hemos dicho, el imperio Babilónico ante Ciro El Grande, Emperador de los Persas, quien no solamente permite que los judíos regresen a su tierra, Judea, sino que además da fondos para reconstruír el Templo que fue destrozado por los Babilonios.

 

(Decimos aquí en forma un poco jocosa, que si el Ayatollah Kamheini, revisara los «Libros de Contabilidad» de la época, encontraría que su antepasado Ciro El Grande, apoyó la reconstrucción del Templo judío de Jerusalém).

 

Ya en el año 323 a.e.c., (Siglo IV), el pueblo judío que «pertenecía» al Imperio Persa, pasa a ser «propiedad» del Imperio de Alejandro Magno, cuando estos vencieron a los Persas.  Mientras los Persas se mantuvieron al margen de la espiritualidad judía, los Griegos, quisieron intervenirla.

 

Mientras anteriormente, los invasores  habían sido Orientales, ahora la invasión venía de Europa.  La Cultura Griega y el Helenismo, fueron una especie de ponzoña para el pueblo judío: La asimilación.

 

El reino de los Seléucidas Griegos Sirios, en cabeza de su déspota Rey Asirio, Antíoco IV Epifanes, busca helenizar al pueblo judío, que en esa época repetimos, formaba parte de su imperio, prohibiéndole al pueblo judío la práctica de su monoteísmo.  Además, ordena colocar una estatua de Zeus, en el Templo de Jerusalém.  Y es cuando aparecen en escena, los Judíos Macabeos. (Datos históricos, extraídos de los Libros: «Atlas de la Historia Judía», de Martin Gilbert e  

«Historia del Pueblo Judío (I)», de Werner Keller, ya citados en los artículos anteriores).

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