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La velocidad de la que se jactaba el último verdugo

El fallecido Syd Dernley tuvo uno de los trabajos más extravagantes. Su labor constaba en ser el verdugo de ahorcar y acabar con la vida de los sentenciados a pena de muerte. Fue contratado en el Home Office de Londres, Inglaterra, y alardeaba que su récord era de siete segundos y medio para lograr su misión.

De soldador pasó a ser el encargado de ejecutar a los sentenciados a pena de muerte, a quienes mataba legalmente con la horca sin remordimiento

Sin embargo, no siempre se dedicó a eso. Nació en 1920 y a los 26 años fue que empezó como soldador en el departamento ministerial responsable de la inmigración, seguridad, ley y orden. Su actividad lo llevó a recorrer el patíbulo, lugar donde ejecutaban a los condenados y se sintió atraído a todo el proceso.

Pidió ser ayudante de verdugo y no pasó mucho para que las autoridades del establecimiento se lo permitieran. Lo capacitaron con las lecciones sobre la horca y sus beneficios hasta que se sintió preparado para realizarlo. Desde 1948 ya estaba apto y empezó a aplicar la justicia que se merecían los presos.

No me hubiera gustado hacerlo (matarlos de manera legal) electrocutando o con gas. Creo que es espantoso, se puede llegar a tardar diez minutos… Es horrible porque los fríen”, reveló Dernleycuando aún estaba vivo añadiendo que el ahorcamiento era un método eficaz debido a que era “limpio y rápido”

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El protocolo siempre fue el mismo. Las mañanas de las ejecuciones se alistaba para estar listo a las nueve y acudir a las rejas del futuro fallecido. Al costado se encontraba el patíbulo, ya en las compuertas de la horca le ponía una cuerda alrededor de los tobillos y su compañero le cubría el rostro con un saco.

Se le colocaba la cuerda en el cuello y solo quedaba jalar la palanca que emitía “un ruido estruendoso” para que el hombre quede suspendido en el aire hasta morir. La práctica hizo al maestro y al poco tiempo estableció su propia marca. A Syd le tomaba aproximadamente ocho segundos para realizar el proceso.

No se resistían, no gritaban porque muchos estaban pensando que aquello no podía sucederles a ellos. Pero, mientras lo pensaban, ya estaban muertos… Son falsas esas historias que circulan sobre condenados a los que había que arrastrar hasta la trampa, gritando y suplicando”, expresó en su experiencia.

Mirar los genitales de un muerto le costó el puesto

Dejaban el cuerpo suspendido por una hora para asegurar la muerte, pero la aventura para Dernley no culminaba ahí. Se encargaba de llevarse el cadáver, pero, un día de 1954, hizo una observación alegre sobre los órganos sexuales de un occiso dirigida a los carceleros que terminó costándole el trabajo.

Pese a que dejó sus labores, nunca se olvidó de las experiencias previas que tuvo antes de ahorcar a los sentenciados. Contó que solía visitar durante la noche anterior al verdugo jefe a los agentes que participarían en el evento para cenar hasta reventar. Lo tomaba como un ritual a manera de preparación.

Aunque compartían un tiempo ameno, narró que había dos temas que no se tocaban en la conversación. El primero era lo que harían al día siguiente y el segundo era sobre la persona que le quedaba menos de 12 horas de vida. Solo así podían disfrutar la comida sin la necesidad de tener algún remordimiento.

Curiosamente, la muerte nunca le quitó el hambre y mucho menos las ganas de tomar cerveza. Tampoco le hizo perder el sueño, solo en una oportunidad tuvo una mala noche debido a que su compañero roncaba demasiado. La única solución que vio fue sacarlo de la habitación para que todos puedan descansar.

No me estremecía hacer lo que hacía. Simplemente no me importaba. Pero en ningún caso me generaba placer… El trabajo perdió su misterio, pero no su fascinación ni tampoco su dosis de peligrosidad… proporcionaba toda la aventura que podía desear”, comentó Syd sobre la emoción que sintió.

Cuatro años antes de morir en 1994 indicó que con gusto volvería a su trabajo si Inglaterra volvía a aprobar la radical medida. “Sí, claro que lo volvería a hacer… La artritis no me deja moverme tan rápidamente como antes, pero me gustaría mucho entrenar a otros”, fueron las palabras de el último verdugo.

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