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La curiosa vida de Kristell Bell

Kristell Bell no es tan famosa como Cameron Díaz y Jennifer Aniston pero sabemos que cada vez que aparece en pantallas nos garantiza un buen rato, ya sea con una película o con una serie.

LA MUERTE DE SU MEJOR AMIGA Y LA OBSESIÓN POR QUE NO LA LLAMEN POR SU NOMBRE

A los dos años transitó la separación de sus padres, un director de un canal de noticias de televisión y una enfermera. Sin problemas se adaptó a vivir un tiempo con cada uno y con los hermanos que fueron llegando. Al cumplir cuatro años tenía dos certezas: odiaba su nombre y amaba a la Pitufina. Una tarde encaró a su mamá y le anunció/ordenó: “Desde ahora me llamo Pitufina. No responderé de otra manera”.

Por un tiempo, le siguieron el juego. Pasaban las semanas y la nena seguía firme en su decisión. Le dijeron que no continuarían llamándola así. “Okey, entonces llámenme Matthew”, respondió. Era el nombre de su primo favorito y a ella le gustaba tanto que a todos sus muñecos los nombró igual. No eran tiempos de crianza respetuosa o de caprichos, así que la respuesta que recibió de sus padres fue un categórico “de ningún modo”. Pensó un poco, puchereó otro tanto y propuso que la llamaran Annie, no porque era su segundo nombre sino por la adorable huérfana de la película. El problema ocurriría años después. En el secundario su nombre provocaba bromas, así que pidió que la llamaran Kristen aunque a sus padres les aclaró: “Pueden llamarme Pitufina, si quieren”.

Actuaba en las obras escolares, tomaba clases de canto y baile, y en el último año del secundario figuró en el anuario como “la más bonita”. Jamás dudó que lo suyo era la actuación. Lo supo por vocación y también por posibilidades: con su 1,55 de altura, ni el básquet competitivo ni el modelaje de alta costura parecían resultar viables.

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Estaba por terminar la secundaria cuando le avisaron que había sido aceptada en la Tisch School of the Arts de la Universidad de Nueva York. Lo que parecía sería el mejor año de su vida se transformó en el peor. Semanas después de esta gran noticia recibió otra que la aniquiló. Jenny DeRita, su mejor amiga desde la infancia, su confidente, la que siempre la apoyaba para ir tras sus sueños de actriz, murió en un accidente de tránsito.

Kristen quedó paralizada, durante días se negó a salir de su habitación. Sintió que “todo mi mundo estaba patas para arriba” y pensó en no ir a Nueva York.

Finalmente Kristen decidió vivir. Descubrió que no hay que dar todo por sentado. Con el tiempo diría que la muerte de su amiga fue “lo mejor y lo peor” que le pasó en la vida, y que marcaría el comienzo de su adultez.

La gran oportunidad le llegó en 2004 cuando le ofrecieron protagonizar Verónica Mars. Debía interpretar a una detective de 17 años. Ella tenía siete años más que la protagonista, pero su rostro de rasgos aniñados le consiguió el papel. Verónica Mars se convirtió en un exitazo, casi tres millones de personas cada semana se sentaban a ver la serie. Cuando terminó, luego de cuatro temporadas, Bell no ganó ningún Emmy pero sí algo mejor: el reconocimiento de la gente.

Desde los 11 años es vegetariana. Lo hizo no solo por su amor a los animales sino porque no podía soportar ni el olor ni el sabor de la carne. Su plato preferido siempre fueron los repollitos de Bruselas.

Grandes amores se le conocen dos. En su época universitaria fue novia de Matthew -otra vez ese nombre- Morrison, el seductor profesor de música de la serie Glee. Desde 2007, cuando lo conoció en un cumpleaños de un amigo en común, está en pareja con el actor Dax Shepard. Se comprometieron en 2010 pero decidieron no casarse legalmente hasta que toda la comunidad LGBTQ pudiera hacerlo. En 2013, cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos dictaminó que podían casarse, ella le propuso matrimonio a su entonces novio. Lo hizo no en un cena romántica sino tuiteando: “¿Te casarías conmigo? #igualdadenelmatrimonio #elamoreselamor”.

Ese mismo año se casaron con una discreta ceremonia en Beverly Hills. Su flamante marido comentó con humor que “todo el calvario costaba solo 142 dólares, incluida la gasolina”. Bell asegura que fue uno de los mejores días de su vida y que en su matrimonio son tan pegotes que hasta molesta. El matrimonio tiene dos hijas, Lincoln y Delta.

La pareja cumple eso de amarse en las buenas y en las malas. Aprendieron a combinar la tendencia a la melancolía crónica de él con el temperamento alegre y siempre optimista de ella. Para lograrlo contaron que fueron a terapia de pareja, no para resolver sus problemas sino para prevenirlos. Kristen además lidió con las adicciones de su esposo, pero como debo ir finalizando esta nota le prometo al lector que lo contaré en una próxima y también sus anécdotas poniendo la voz para Anna en Frozen.

Mención aparte merece su obsesión por los perezosos. “Debe ser mi animal espiritual o algo. No hay nada más lindo que un perezoso bebé”, explicó. Su pasión por estos animales que parece realizar todo en cámara lenta es tal que cuando cumplió 31 años Dax, su entonces novio, le dijo que le daría un regalo único. Lo gracioso es que cuando Bell comenzó a sospechar de qué se trataba el obsequio tuvo un ataque de pánico o más bien un ataque de felicidad. Al ver al osito su alegría fue tanta que preguntó: “¿Viene a la fiesta?”. El momento, tan hilarante como gracioso, ella misma lo relató en el programa de Ellen DeGeneres. Como una imagen vale más que mil palabras, le dejo al lector el video y concluyo ya no con un “nos vemos”, sino con un “¿lo vemos?”.

La entrada La curiosa vida de Kristell Bell se publicó primero en El Chino.

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