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DUEÑOS DE LA CALLE

El derecho de uno termina donde empieza el del otro, reza el dicho y tiene razón. Aprovecho esta columna para enviar un mensaje a todos mis lectores y sugerirles que se hagan respetar en las vías de Lima. ¡Faltaba más!

Martes (9 a.m.) Luego de repartir un encargo muy temprano, regreso con la esperanza de disfrutar un suculento desayuno junto a mis hermanos.

Ingreso a la añorada cuadra que me vio nacer y veo a unos trabajadores preparando, en medio de la pista, la mezcla de cemento y arena para su construcción.

Me cuadro a una distancia de medio metro del punto donde ellos dejaron de remover la mezcla y uno de los trabajadores se me acerca y dice: “Señor, Ud. vive acá a tres casas, ¿cierto? Un favor, de la vuelta y voy a abrirle por la reja de arriba para que ingrese. Por favor”.

El joven fue tan respetuoso que me convenció. Sin decir nada, asentí, y giré para cumplir con el pacto que él me había propuesto. Doy la vuelta raudamente y me posesioné en la reja superior indicada. El chico, en efecto, fue corriendo y me facilitó el ingreso.

Al estacionar en mi domicilio a lo lejos levanté el dedo pulgar en señal de conformidad, pero como yo no puedo con mi genio me bajé la mascarilla y le dije de lejos: “Si todos hicieran así las cosas, el Perú sería distinto”. Claro, lo hacía en referencia a la crisis política que nos sume en una polarización nunca antes vista donde no se respeten los derechos del otro.

Luego de mis alimentos, salgo de casa para cumplir con otra comisión a bordo de mi “Negrito” y recuerdo el impasse con los trabajadores de construcción. “Ojalá que hayan terminado”, dije en mi interior.

En efecto, los trabajadores habían concluido su trabajo y se supone que se habían ido a comprar o no se qué porque no encontré a nadie afuera y las dos rejas estaban cerradas. En ese momento tuve que tomar una decisión.

Bajé y vi que reja estaba anudada con alambre que habían trenzado para impedir abrir. No había candado. Saqué de mi maletera un fierro con gancho, doblé al contrario la trenza y lo retiré, abrí la reja y pude salir. A una cuadra noto que llegan dos de los trabajadores, con mondadientes en la boca.

Imagino que cerrarían la reja, no lo sé, pero de que salí, salí, ellos ni cuenta se dieron.

Al día siguiente otra vez el martirio de la pista. En esta ocasión ya no pude llegar a ningún acuerdo porque estaba súper apurado, aceleré y mordí parte de su cerrito de mezcla. Ellos solo vieron como las llantas de mi “Negrito” pasaron por encima de su volcancito que luego de mi paso empezaron a reparar. Los cuatro trabajadores no me dijeron nada porque yo estaba preparado para responder. La calle se respeta y no tienen por qué cerrarla.
Además, mi “Negrito” no es el famoso Mac 5 de Meteoro para saltar… ¡Faltaba más!… Sigo en la vía.

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