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¿Vuelve el “partido” militar?

La cúpula militar ha jugado un papel protagónico a lo largo de la historia republicana, tanto en las guerras exteriores como en la disputa por el poder interno. El poder y la autoridad del Estado poco a poco fue creciendo y se consolidó sin que hubiera ocurrido una revolución democrática, como ocurrió con la revolución mexicana en 1910 o la de Bolivia en 1952.

Sin revolución democrática – la independencia fue apenas una movida de tropas extranjeras en el Perú – el campesinado y los plebeyos urbanos no se convirtieron en ciudadanos, sino que siguieron siendo, en el fondo, el rebaño de la Iglesia y los reclutas sometidos a las órdenes de sus vociferantes jefes. De ahí que hasta ahora, los militares, pero también políticos, abogados, empresarios y periodistas se siguen refiriendo a las Fuerzas Armadas como “instituciones tutelares de la Patria”. Los menores de edad necesitan un tutor que los dirija y oriente y les enseñe a responsabilizarse por las consecuencias de sus actos. Cada oficial egresa de las escuelas militares con la convicción de que los civiles son gente desordenada e irresponsable, que necesitan autoridad y orden. Eso forma parte de la cultura, es decir, del sentido común (que no necesita demostración ni prueba) de la mayoría de los peruanos, reverente de las jerarquías.

Algún lector retrucará: pero el “partido” de los militares, luego del gobierno de Morales Bermúdez nunca se alejó del poder; y tendrá toda la razón. Efectivamente, a poco de iniciar su segundo gobierno, FBT y sus aliados debieron ceder parte de su autoridad al Comando Conjunto cuando se crearon las zonas de emergencia y ya se conoce la fuerte injerencia que tuvo en el gobierno de la revolución neoliberal, a través de un antiguo oficial de infantería que formó parte de la comunidad de inteligencia.

Si bien como producto de la breve transición hacia la democracia electoral algunos oficiales fueron enjuiciados y condenados por su intervención en masacres ocurridas en el conflicto armado interno contra el terrorismo senderista; la imagen de la institución militar no fue mellada. Así Alan García pudo ganar su segunda elección llevando como vicepresidente a un almirante, enfrentado a un comandante de verbo radical. Sin duda, un efecto de la cultura política marcada por la angustia que había generado la violencia senderista; aunque años después en un giro sorpresivo ganó las elecciones el comandante y gobernó con un círculo íntimo donde no faltaron los uniformados.

Pocos analistas se habían fijado en la nueva presencia militar en el Congreso, surgido de las elecciones del año pasado. Hoy vuelven su mirada a ella, a raíz de la elección de su nuevo presidente. Una presencia que atraviesa las fronteras artificiales de las bancadas y de los “partidos”. Una presencia fuerte también en el colectivo Coordinadora Republicana que intentó movilizaciones ciudadanas; desconociendo los resultados electorales y propugnando la vacancia presidencial, y que no tuvo eco. De ahí que el “partido” militar haya organizado, por su parte, movilizaciones conmemorativas de efemérides como las del comando Chavín de Huántar. O la captura de Guzmán.

La presencia del nuevo presidente del Congreso significa que generales y almirantes intentan tomar la batuta en la crisis del empate político con el gobierno; junto al padre Omar, sacerdote conservador, párroco de Tablada de Lurín, de múltiples simpatías, dejando de lado políticos civiles de vieja data e imagen desgastada. Hay una extraña coincidencia con el otro extremo del espectro político, donde ha resurgido la figura –y voz altisonante- del exmayor de infantería Antauro Humala; quien moviliza una tropa de disciplinados reservistas y ya ha marcado distancia con el presidente.

¿Qué pasará en los siguientes meses? Una visión pesimista diría que la masa informe del resto de peruanos, alejada de la práctica y el ejercicio de la igualdad de derechos y deberes, núcleo de la ciudadanía; más bien dispuesta a embarcarse en una nueva aventura que prometa orden y autoridad para conseguir la seguridad perdida, puede enfrentar dos opciones autoritarias. ¿Qué hará la minoría que sí es ciudadana y ejerce sus derechos y deberes en pie de igualdad, huérfana de representación política; ahora que se han roto todos los puentes conducentes al diálogo de los decisores políticos, cuando pende de un hilo nuestro precario sistema político?

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