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Quechua: el turno del ofendido

No entiendo quechua, habla español fue lo que profirieron los miembros del Congreso peruano al primer ministro que había concurrido al recinto y comenzó su alocución con una breve introducción en runasimi. La reclamación no provenía de la estirpe de Olaf Höskuldsson -de los señoríos escandinavos- ni del ruedo del príncipe Rudolf y su amante suicida, la baronesa Mary Freiin von Vetsera del imperio austro-húngaro y la corte de Mayerling, casa de los Habsburgos; el griterío derivó de mesticillos -como los llama Guaman Poma- que con su petición exaltaban su ordinariez, la apoteosis de su arrogancia y desdén.

El agravio contra el andino y su idioma, cabalmente llamado runasimi o lengua de la gente -para diferenciarlo de la dicción aspirada, sorda y vibrante de los canarios o del timbre aglutinante del murmurio de un arroyo, comienza con la resemantización en los primeros diccionarios -y homilías- en el que el término runa que connota ser humano, gente, es redireccionado para referir única y despectivamente el sujeto andino.

Hoy, al cabo de seis siglos, la colisión entre dos culturas, dos lenguas y dos códigos (oralidad/escritura) persiste, oprime con la levedad de la presión arterial, porque un ministro bilingüe saluda en quechua, parlotea, o concluye lo que no puede terminar en castellano.

Hace poco, en una entrevista, el mestizo premier cerró el diálogo con un fraseo casi banal, y el periodista (sujeto enlucido por el fijador de pelo, terno esplendente y sus anillos y poses mayestáticas) y la teleaudiencia misma, se abochornó, se santiguó. El quechua del ministro no honra necesariamente su idioma materno; es una articulación con la ‘corruptela idiomática’ que el Inka Garcilaso les imputaba a los españoles; un quechua refonologizado, propio de un mestizo bilingüe, con interferencias idiomáticas, con la pugna oralidad/escritura, entendible sólo con auxilio del contexto.

Como mestizo quechuahablante y largos años de interacción con el idioma quechua, yo no tomaría tanta atención a la dicción quechua del ministro que, aunque hable español con sintaxis quechua, su runasimi prefija la rigidez escritural y subordinación a las estructuras castellanas. A lo mucho serviría para un estudio de fenómenos de diglosia e interferencia idiomática, pero no para sopesar su morfología, sintaxis o semántica. El quechua del ministro no es el de Gregorio Condori, de Asunta Mamani, de Alejo Maque (El Khunku), de Matico Quispe, de Erasmo Hualla, de doña Nieves Ugarte, madre del ministro -que en un reportaje, dolida por la befa contra su hijo, le insta acongojada a no desistir, a prevalecer-.

Tampoco es el fraseo de Carmen Taripha, de Ciprian Phuturi, de los abigeos de Cotabambas; un vibrante léxico en que confluyen -mediante los arduos sufijos y verbos performativos con tendencia a las acciones concretas- sabiduría, filosofía, humor y alta poesía. En suma, el runasimi del ministro chumbivilcano no es de Walaycho Qorilazo -cuyo testimonio quechua, transcripción y traducción publicamos en libro con audio CD hace tres años-; pero fue suficiente para descoyuntar la altivez del señorito periodista; lo que masculló el bilingüe ministro fue algo así como que al gallito chillón le habían ofuscado su esplendor. Y eso fue cabal, el alfil para reducir a los aculturados, a los que Arguedas encaró en su poema Llamado a algunos doctores (Guamán Poma diría dotores).

Los resquemores que suscita el quechua no son recientes. Recuerdo mi primera refriega cuando el director de un periódico de deyecciones diarias infamó a la señora Hilaria Supa, quechuahablante y congresista; por interpelar en su lengua materna y articular mal el español. Indignado y procaz, redacté y publiqué una defensa, e insulté al fulano con la minuciosidad y precisión que mi lengua materna me insta: akakutirpa: rumiador de tus propias heces.

La índole oral, aglutinante del runasimi, que en su caudal minucioso prescinde de sinónimos, conceptos y evanescentes abstracciones; una lengua donde nacer y amanecer son lo mismo (paqariy), donde un solo término refiere semilla y fruto (ruru), prefija las magnitudes tiempo/espacio (pacha), configura la dinámica del morir como un tránsito o ciclo (sufijo regresivo –pu), o la marca –ku de libre albedrío, que denota discernimiento, conciencia; sufijos con los que no se refiere las acciones del animal, aunque compartamos con él tantas situaciones: distinguen razón e instinto; y esa sutil percepción no la tiene ni el español ni el inglés, lenguas dominantes.

Si Mr. Einstein hubiera sabido que pacha (tiempo/espacio) regía como principio ordenador en la cultura andina, se hubiera complacido; o acaso abochornado al saber que su teoría de la relatividad -regida por tiempo y espacio como magnitudes relativas- ya habían aplicado en los Andes. No a través de fórmulas o enunciados metalingüísticos sino de forma concreta, diaria, mediante sufijos espacio/temporales en el léxico runasimi. El único peruano que alcanzó a conversar con Einstein fue Haya de la Torre (Campus Universidad de Princeton, 1948); y éste, que escribió un libro sobre la teoría del espacio-tiempo histórico, pudo revelarle tan singular aporte del raciocinio andino; pero Haya, que hablaba alemán, inglés, francés, no hablaba, desafortunadamente, el quechua.

Hace sólo unas semanas, apenas llegado de Nueva York, después del confinamiento que sobrellevamos en el mundo entero, lo primero que hice en Lima fue ver los noticieros en quechua -loable cometido del Ministerio de Cultura por difundir en TV nacional nuestra lengua nativa-; pero al cabo de sólo instantes me extenuó la proliferación de neologismos, la cerrada dicción trivocálica (a, i, u) de los narradores. Eludiendo su condición de mestizo-bilingües que articulan con cinco vocales (a, e, i, o, u), voceaban como monolingües.

Lo rebatible fue la subordinación del runasimi a las estructuras y cadencia del castellano. Los locutores narraban los incendios forestales que calcinaban montañas cusqueñas. En sus decires nominaron apu a la montaña contigua a Choquequirao, que ardía incesante; y dijeron literalmente que para atenuarla, autoridades y pobladores trataban de parar el fuego. El verbo sayachiy que usaron equivale, en efecto, a parar, detener. Y esta expresión procede en el habla castellana pero no en el quechua.

En el laborioso runasimi el flujo candente no puede ser parado, detenido; un incendio se apaga y el caudal del runasimi provee verbos como thasnuy (si se apaga con agua); o tierra o viento. Un término genérico es wañuchiy que equivale a apagar, extinguir, en contraposición con hap’ichiy; encender el fuego. Tensión y fractura, con esta nimia alocución se perpetra una gran sustitución: el quechua tiene un verbo cabal y en su lugar se yuxtapone un término del fraseo castellano. Y lo de apu es deplorable; el locutor entrevera, utiliza un término del nivel ritual del lenguaje para referir una coyuntura cotidiana: el fuego calcina llanamente un cerro; de otro modo, las hogueras acatan al poderoso apu o deidad. Minuto cardiaco, destino fatal de una lengua que habiendo resistido seis siglos puede expirar por acción de sus propios custodios.

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