Super Mensajes

Pura vida, responden en Costa Rica cuando preguntas a alguien cómo está. Una declaración breve de plenitud existencial.

Los franceses recurren al joie de vivre –alegría de vivir— para referirse al frágil gozo de estar vivo.

Los mexicanos usan el edípico calificativo a toda madre para expandir una emoción. La vida hay que vivirla a toda madre, güey.

En el Perú, cuando nos preguntan cómo estamos, la respuesta promedio se mueve en la modestia resignada del ahí. Exagerando, ahí estamos. Es casi un suspiro.

En los años ochenta, cuando Lima y todo el país estaba más horrible que nunca, bañado en sangre por el terrorismo, cercado por la certeza razonable de la imposibilidad del futuro, el ahí estamos sonaba optimista.

En la redacción de Caretas el día a día era registrar los ataques de Sendero en un marco encanallado sostenido y circular. Los muertos se convertían en números y la vida cotizaba a la baja.

En los tiempos libres se hurgaba entre las ruinas posibilidades de alivio humorístico, una afirmación irónica de la vida. Esto empezaba, derecho de piso, con fabricar los textos de la trajinada y tijereteada calata de la última página. Era un momento y un lugar en donde el humor solo podía ser negro.

Hasta que un día llegó un nuevo jefe trayendo algo que no abundaba –siendo exactos: no existía— en las oficinas de Jirón Camaná, predio marcado por la severidad operática de ese genio malgeniado que era Enrique Zileri.

Lo que traía este nuevo jefe evocaba la entonces abolida alegría de vivir. Se trataba de Fernando Ampuero, y su risa. Una carcajada estentórea y pulmonar que a muchos nos hizo recordar que la vida, allá afuera, en alguna parte, continuaba pasara lo que pasara.

Ampuero ya era un periodista prestigioso y reconocido. Culto, carismático, y creativo, venía de la televisión y era literato, lo que le permitía alcanzar la altura de vuelo por encima de la turbulencia de los tiempos. Resolvía todo tipo de crisis, que en Caretas abarcaban el espectro completo de la existencia humana, gracias a una personalidad expansiva y empática. Y a su risa.

Este servidor, en cambio, era un joven cactus. Hosco, introvertido, y traumado por un riesgo colateral que anunciaba el periodismo: la posibilidad de un perfil público y el ingreso a la camaradería transaccional de la argolla local. Ampuero no solo manejaba esa contingencia a su favor, sino que además era generoso con ella.

Ese mocoso que quería ser invisible no se daba cuenta entonces, pero Ampuero fue un mentor que alimentó el interés por el lenguaje, puliendo palabras y ayudando a buscar un estilo propio a manera de antídoto al existencialismo anacrónico que entonces era el locus amoenus generacional.

Fue un cómplice en la vana pretensión de hacer del periodismo literatura; y tal vez la lección más valiosa de todas, demostró en los hechos que los amigos son la familia elegida. Me presentó a los suyos, mayores, notables y admirados, con la normalidad de quien te presenta a un ser mitológico que está de paso divirtiéndose entre los mortales.

Gracias a él una noche tenía a Julio Ramón Ribeyro sentado al lado en un bar de mala muerte, mostrando interés por una crónica mía. Ribeyro quería saber si era ficción o crónica. Le dije que ahora que lo preguntaba ni yo mismo estaba seguro. Solo eran palabras. (Lo importante es que él era Ribeyro.)

Gracias a Ampuero también conocí y tuve una amistad, con la distancia que imponía la diferencia de edades, con Rodolfo Hinostroza y Antonio Cisneros. Hinostroza me decía que era demasiado respetuoso. En cambio, ante alguna impertinencia, una vez Toño me llevó a un lado y me dijo en privado lo que más de una vez he repetido a mis hijos (y novias): trátame con el mismo cariño que yo te trato. No había selfies. Nadie los necesitaba.

Estaban las lecciones que el propio Ampuero daba sin saberlo. Una noche en el antiguo Sargento Pimienta de Miraflores, un garaje mágico, él se quedó pegado con Wicked Game, la balada de amor atormentado de Chris Isaak. “¡Escucha, es una canción perfecta!”, decía con entusiasmo ante el susodicho cactus mientras indicaba el puente entre estrofa y coro. Era el asomo de su teoría personal, repetida en sus libros, de que uno no puede permitirse ser un hombre sin música. Eso no es banalidad, es sustancia.

Él repetía también una frase que ha quedado incorporada como contador geiger personal de por qué se hacen las cosas, que luego ha sido tema de conferencias suyas: “Nadie miente en sus placeres”.

La vez que enfermó y la incertidumbre lo acompañaba, aprovechó un respiro para irse de viaje solo con su hija, porque la sangre pesa más que el agua. Muchos años después me vi haciendo ese mismo viaje solo también con mi hija, reparando en ese aprendizaje espontáneo.

Llevé un solo libro a una reciente travesía en altamar: Tanta vida yo te di, abolerado título de cuentos de Fernando Ampuero. Me había encontrado con él pocos días antes. Fue un breve intercambio de palabras donde le dije que acababa de ver su libro, pero aún no lo había abierto. Soltó un hmmm desconfiado, y en alusión al bastón que ahora lo acompaña hizo un pase torero. Como mandan los cánones, el que se tiene que mover es el toro, no el torero.

No pretendo espoilear el cautivante contenido que lo confirma como uno de nuestros mejores cuentistas, de elegante ironía y velada hondura, a lo iceberg. Pero el primer relato en que Ampuero es personaje del propio Ampuero, donde un bolero entre extraños se convierte en salvavidas del naufragio que puede ser la vida con sus huaicos y soledades, fue la epifanía marina de lo afortunado que fui al haber tenido como mentor, fracturando una intonsa reticencia juvenil, a un escritor y persona como Fernando Ampuero. No soy el único que le agradece, lo lee, y le desea salud, boleros y pura vida a toda madre.

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