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CAJAS VACÍAS

Cuando joven siempre hacía mis servicios a todo tren, aceptando todos los destinos y en las condiciones más extremas. Hoy las cosas cambiaron y el público parece que lo notó.

Sábado (10 a.m.) Me contactaron para realizar un servicio en la zona de Pueblo Libre. El objetivo era llevar una encomienda a la agencia de transportes para que lleguen en dos días a Cajamarca.

La cita era a las 9.30 a.m. y como siempre llegué puntual. Contacto, protocolos y una bolsa bien embalada era lo que tenía que llevar.

Como mi cliente es una de mis engreídas, por la preferencia de años y ahora más debido a los cuidados por pandemia, me dijo amablemente:

“Señor Carlitos, ahora que baja, podría llevarse las tres cajitas que ve allí (señalándome una esquina) es que no tengo a nadie que me haga ese favorcito y disculpe mi atrevimiento”.

“No faltaba más”, le respondí de inmediato. “Lo bajo las tres de inmediato”.

Las cajas estaban en perfecto estado y pensé en mi hija que ahora se dedica a distribuir estampas y souvenirs. Estaban a punto para ser utilizadas por ella.

“Disculpe señito, ¿esas cajas en lugar de tirarlas a la basura, ¿me las puede obsequiar?”

“Claro que sí, señor Carlitos, lléveselas con todo gusto” –respondió de inmediato.

Recibí las indicaciones sobre la agencia de transporte y me obsequió una fruta (siempre tan amable la doñita) y salí con las tres cajas y la bolsa rumbo a la agencia.

Estaba en el piso 7, llamo al ascensor y veo que se abre la puerta y un joven muy atento me hace pasar (solo permiten dos personas en cada ascenso o descenso). Con la dificultad natural de la doble mascarilla alcancé a agradecerle verba y con venia japonesa. Definitivamente el joven pensó que eran cajas llenas por eso la atención.

Salgo del ascensor y paso por delante del vigilante del edificio quien estaba escuchando música. De un salto fue a escoltarme. Se notaba que estaba dispuesto a ayudarme y yo estaba listo para decirle que las cajas estaban vacías.

Era una tensión insólita durante el tiempo que el portero iba a mi costado haciendo ademanes como para ver en qué momento se caían las cajas o sorprendido por mi supuesta fortaleza al cargarlas con tanta facilidad (Sonrisas).

Llego al “Negrito” y un joven en bicicleta detuvo su marcha y se dispuso a ayudarme: ¡TODOS PENSABAN QUE ESTABAN LLENAS LAS CAJAS! Tenía ganas de explicarle a cada uno de los preocupados ayudantes ese detalle pero no me dieron tiempo y me sentí como un ancianito desvalido. (Risas)

Las canas van pasando factura en este gastado pero aún fuerte cuerpo, me dije interiormente, aunque confieso que me sentí un poco mal por ver a la gente se preocupaba de mi carga sin saber que eran CAJAS VACÍAS…. Sigo en la vía.

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