Manuel Paz y Miño, filósofo y eticista

 

¿Quién no ha tenido un familiar, amigo o conocido que haya padecido y sobrevivido o, peor, muerto de la terrible y dolorosa enfermedad del coronavirus? ¿O quizá uno mismo la haya padecido y superado?

Hay quienes han podido ser atendidos y salvados en los hospitales públicos y del seguro social. Pero otros han muerto sin la debida atención, esperando en vano afuera del hospital la cama UCI que no había por la negligencia y la corrupción tradicionales, o dentro al conseguir la cama, el balón de oxígeno que o llegó tarde o nunca, al ser encarecido por los buitres miserables e insensibles al dolor humano.

Hay otros cuyos parientes han recibido asistencia parcial gratuita del Estado y han tenido la fortuna de que las empresas donde trabajaban les hayan pagado lo que les hacía falta para luchar por salvar sus vidas. Muchos otros no tuvieron esa ayuda y han muerto.

Otros se han endeudado tanto al intentar salvar, con éxito o en vano, a sus parientes por los costosísimos, abusivos y exorbitantes precios de los tratamientos de las clínicas privadas, hipotecando o vendiendo a precios de remate sus casas, autos, joyas, al colapsar los hospitales de infectados de la covid-19.

Los familiares ya mayores, al padecer alguna enfermedad o simplemente no cuidarse debidamente se infectaron de coronavirus y murieron.

Como muy bien saben los médicos que atienden pacientes infectados con la covid-19, no todos reaccionan de la misma manera: hay quienes son, por un extremo, asintomáticos y hay muchos más, por el otro, que rápidamente manifiestan los síntomas. Y eso se explica porque nuestros  cuerpos son distintos y, así, también nuestros sistemas inmunológicos.

Los reportados y declarados por los médicos como muertos por ese virus mortal, o fueron cremados o rápidamente sepultados.

¿Qué hemos recordado o aprendido de esta epidemia mundial o pandemia? En primer lugar, que nuestra vida es frágil y finita, y que a pesar de pensar y hacer muchas cosas todos estamos condenados a morir tarde o temprano, por coronavirus o por causas naturales, accidentales o humanas. Y, por lo tanto, no debemos desperdiciar nuestras vidas en vanas discusiones y peleas, o pérdidas de tiempo ocioso distrayéndonos en cosas efímeras y sin sentido.

Muchos más están aterrorizados ante la posibilidad de infectarse, enfermarse y morirse, y prácticamente viven en encerrados, no salen, a pesar de contar con todas las medidas de seguridad, salvo para comprar una vez a la semana o cada dos, por el temor a contagiarse, enfermarse y morirse. Buscan prevenir ser contagiados ingiriendo alimentos con kión, haciendo gárgaras con diversas sustancias, como la sal o el limón, bebiendo soluciones, como el dióxido de cloro, o auto medicándose ivermectina. O creen equivocadamente que cualquier persona sana es asintomática y, por lo tanto, no hay que tratar con nadie a pesar de usar las medidas de protección conocidas.

En segundo lugar, que a pesar de haber seres humanos codiciosos y egoístas, que quieren hacerse ricos con el sufrimiento de sus prójimos, también los hay solidarios y generosos que han ayudado en lo posible a otros sin necesariamente ser sus parientes.

Ahí están también, por un lado, las corporaciones monopolistas farmacéuticas que subieron de precio las mascarillas y los medicamentos para prevenir y combatir la covid-19 respectivamente, y los revendedores de los balones de oxígeno medicinal. Y, por el otro, el personal médico y policial que atiende, arriesgando sus vidas, a los pacientes infectados y que cuida se respete la cuarentena, y de los cuales también ya ha habido enfermos y fallecidos, y los empresarios, alcaldes y clero que ofrecen el oxígeno a precios decentes sino gratis. y los empresarios, alcaldes y clero que ofrecen el oxígeno a precios decentes sino gratis.

La economía nacional ha colapsado, muchos negocios no pudieron ni pueden atender hasta ahora de forma normal, han quebrado o están quebrando, muchos trabajadores han sido despedidos o están desempleados, incluso muchos informales no han podido ni pueden ganarse la vida como antes de la cuarentena.

Nuestros recientes gobernantes, a diferencia de los de países cercanos, como Chile, mostraron su incapacidad para elaborar con anticipación un plan nacional para vacunar prontamente a la población más vulnerable ante el coronavirus, al comprar tardíamente las primeras dosis necesarias y encima demasiado caras.

Sin embargo, la administración actual está negociando con tres laboratorios más para comprar vacunas indispensables para cubrir a la población nacional que las necesita. Estos días no solo se  vacunará al personal médico, policial, militar, bomberil, de limpieza, etc. sino también a los adultos mayores de 60 años. Se proyecta que la población nacional terminaría de ser vacunada a fines del presente año o principios del 2022.

Con todo, como otros virus antes que él, el coronavirus de tipo 2, que provoca el síndrome respiratorio agudo severo, abreviado como SARS-CoV-2 o Covid-19 podría “extinguirse”, como su antecesor y primo con quien comparte el 70% de sus genes, el  SARS-CoV (que mató unas 900 personas entre el 2002 y el 2003 antes de desaparecer), la viruela y la peste bovina (estas dos gracias a las vacuna s), o sobrevivir mutándose, como el del ébola, acompañándonos por quién sabe cuánto tiempo más.

Que un virus se haya extinguido en este contexto, significa que no han aparecido más casos pero no que los virus hayan desaparecido del planeta: pueden estar latentes en personas, animales, congeladoras, etc.