Elizandra, tiene actualmente 47 años y su hija Eloisa, 18. Uno de los más grandes deseos de la joven era ser farmacéutica, mientras que la madre siempre soñó con ser una gran geógrafa.

Así que durante un año completo estudiaron juntas para rendir los exámenes anuales para la universidad, donde no solo lograron ingresar en lo que querían, sino que además lo consiguieron en los primeros puestos.

Teniendo un alto puntaje, escogieron quedar en la misma institución, escogiendo la Universidad Federal de Mato Grosso do Sul, en Brasil. Este doble logro se transforma en una doble demostración al mundo de que no hay barreras que no se puedan superar.

Gran parte de la preocupación de Elizandra, era que su hija autista pudiese terminar la escuela y entrar a la universidad. La vida y Eloisa misma, le demostraron que no debía inquietarse tanto, pero la madre creció rodeada de gente expresaba sus prejuicios hacia la gente con autismo.

Eloisa también es consciente de su condición y de como el mundo a veces mantiene una imagen errada hacia las personas como ella. Durante la escuela llegó a escuchar que las personas con espectro autista no logran conseguir empleo en ningún lado, pero ella se negó a esa visión de vida desde el primer minuto, porque su madre desde pequeña la motivo a superarse a sí misma.

La madre también cumplirá su sueño. Luego de abandonar la escuela a los 16 años y ponerse a trabajar, se casó con su actual esposo y padre de Eloisa, quien trabaja de camionero y se ha transformado en el sostén económico de la familia.

Cuando Eloisa incentivó seriamente a su madre de retomar su educación, comenzó un proceso largo del que ya no habría vuelta atrás. Estudiaron juntas para que la Elizandra terminara la escuela y luego se propusiera hacer una carrera universitaria.

Ambas son el apoyo de la otra, una relación madre e hija inspiradora que deja claro que las barreras existen, pero están para ser derribadas a punta de esfuerzo y colaboración.

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