Los resultados de los simulacros de votación publicados el pasado fin de semana permiten proyectar cæteris paribus (es decir, si no pasa nada) una composición del Congreso de la República absolutamente fragmentada, donde la única forma de gobierno tendrá que ser una coalición de partidos.

Según nuestra propia estimación, solo 10 fuerzas superarían la valla electoral por lo que tendrían representación. Estas serían: Acción Popular con 30 congresistas, Victoria Nacional y Renovación Popular con 15 congresistas cada uno, Fuerza Popular con 14, Somos Perú con 12, Podemos Perú y Frepap con 10, Juntos por el Perú y Partido Morado con 9 y Alianza para el Progreso con 6 congresistas.

Aun asumiendo que las fuerzas de derecha, centro e izquierda podrían formar conglomerados homogéneos de votación, esto no le daría mayoría absoluta a ninguna fuerza y podría llevar o a alianzas precarias, por proyecto de ley, o a acuerdos más firmes para todo el período de gobierno.

Gane quien gane, tendá que pactar: coalición de centro-izquierda o centro derecha, coalición derecha-centro o coalición izquierda-centro. Una necesidad de alianza legislativa que podría llevar también a la coparticipación en el legislativo, mediante la asignación de ministerios a los partidos colaboradores. Como se recuerda esto ya ha ocurrido en el Perú y no ha respetado necesariamente la proporción de votos aportada sino la posibilidad de hacer gobernable el periodo.

La situación trae el recuerdo la figura de Adolfo Suárez, quien en 1977 confrontado a la crisis política y a la dispersión después de la muerte de Franco, apostó por unir aun a las más pequeñas agrupaciones en una Unión del Centro Democrática.

La apuesta fue exitosa, la UCD gobernó España cuatro años y con el apoyo del Rey desmontó la estructura política franquista, superó un intento de golpe de Estado y condujo exitosamente la transición. Tras la UCD, España volvió a la primacía del bipartidismo entre populares y socialistas. Lo paradójico fue que Suárez no era un político profesional ni tenía mayor experiencia de gobierno, pues había desempeñado solo cargos secundarios.

En el Perú no existe vocación de los líderes políticos a llamar al poder a los más preparados. Más bien estamos viviendo la era de la «mediocrecracia».