JOSÉ LUIS AYALA

 

El hecho que el Décimo Primer Juzgado Constitucional de Lima, reconociera el derecho de Ana Estrada a morir en condiciones humanas, causó diversas reacciones y quedó demostrada la existencia de una cultura de la muerte no oficial. Se trata de un proceso que causó gran discusión entre especialistas e intervención de periodistas profanos en referencia a la eutanasia. El término deriva de los vocablos griegos “eu”, significa “bueno” y “thanatos”, cuyo contenido etimológico es “buena muerte”. Hipócrates se opuso a la eutanasia.

Desde el punto de vista constitucional, el artículo 112 del Código Penal Civil Peruano, señala el delito de homicidio piadoso del modo siguiente: “El que, por piedad, mata a un enfermo incurable que le solicita de manera expresa y consciente para poner fin a sus intolerables dolores, será reprimido con pena privativa de libertad no mayor de tres años”. Ana Estrada ha ganado el derecho a morir en una sociedad en la que hay niños que mueren por desnutrición y personas como consecuencia de enfermedades derivadas de hambre crónico.

La eutanasia es una práctica desde antiguas civilizaciones. Algunos cronistas han dejado registros puntuales y señalando, que se trataba de un hecho autorizado por el enfermo. Un libro asedia este tema: “Después de la muerte. Voces del limbo y el Infierno en territorio andino”, cuyo autor es Luis Millones. Demuestra la evolución del concepto de la muerte e injerencia de la doctrina cristiana, que impuso la existencia de Dios, cielo, purgatorio, infierno.

La eutanasia en el mundo andino se practica sin necesidad de intervención del Estado. Rodolfo Sánchez Garrafa dice: El despenamiento o ayuda eutanásica para la buena muerte, está documentada como una práctica prehispánica en los Andes. El “despenador” es un especialista, varón o mujer, cuyos servicios son solicitados para abreviar el sufrimiento de una persona enferma o accidentada.

En quechua el término aplicable es “seq’oq” (el ahorcador), pero ésta no era la única técnica utilizada, se practicaba también la asfixia, la incrustación de la uña en la nuca, y el quebrantamiento de las vértebras cervicales con las manos y, a veces, con apoyo de la rodilla. En aymara el término específico consignado por Bertonio es “ahocaakatha” (para la acción de despenar) y “ahoc khata” (para el resultado del despenamiento). Me consta que el antropólogo Oscar Núñez del Prado y mi propio padre, comprobaron la práctica del despenamiento en el área de Kuyo Chico (Pisaq-Cuzco) por los años 60. Conozco personalmente a una mujer que en Grau-Apurímac practicó el despenamiento con su propia madre. Para los Andes meridionales esta práctica ha sido documentada por el arqueólogo Samuel Lafone Quevedo, el etnógrafo Juan B. Ambrosetti, el escritor Roberto J. Payró y el folklorólogo Rafael Cano Aguilar”.

En lo referente a cultura amazónica Roger Rumrrill dice: “En el pensamiento, las prácticas, la ciencia, las cosmologías y cosmovisiones de los pueblos indígenas amazónicos no existen la idea ni el concepto de eutanasia. No existen las concepciones eurocéntricas del pecado y del infierno y su idea sobre la salud está en relación a la salud de la naturaleza. Porque para los pueblos indígenas amazónicos la realidad tiene aspectos materiales y no materiales, visibles y no visibles. Esta realidad es un cosmos único, pero ese cosmos es una unidad en la diversidad y la multiplicidad. Es la unidad de lo diverso porque está conformado por diversos mundos ubicados en espacios y planos espaciales diferentes que son los mundos del río, del monte, de la cocha, etc.

Estos mundos están habitados por las esencias primordiales de las cosas, las madres de la naturaleza, del bosque, del río, de los animales. En tiempos primordiales todos eran gente, antes de que este mundo se quebrara y fraccionara a causa del comportamiento humano. Muy pronto, este mundo volverá a ser lo que era antes, un Tierra Sin Mal”.

En aymara ahorcar es jaychajaña, el ahorcador tiene el nombre de jaychajasiri. No es una persona cualquiera, generalmente se trata de un viejo adivino, mago, curandero y sabio. Cuando una familia llega a la conclusión que el enfermo no sanará, llama al jaychajasiri. Generalmente se hace un contrato verbal de carácter ético y moral. El ahorcador recibe una suma de dinero, además podrá sembrar en el terreno del enfermo para beneficio suyo solo por una vez. Asume la responsabilidad de cuidar que el alma del ahorcado no regrese a la casa. Salvo en Todos Santos que vuelve para recibir los rezos que le corresponde.

Manuel Catacora González, juez de primera instancia en Lampa y Fiscal de la Nación, escribió el libro: “Del folklore al deliro”. Demostró la enorme distancia entre el Estado Peruano y la realidad cultural tan diversa. El ahorcador usa brebajes para adormecer a quien “viajará” en el tiempo y deje de sufrir. Una vez dormido lo asfixia, desnuca o ahoga. “No hay duda –dice Millones– de que la capacidad de aliviar el dolor y combatir las enfermedades, o en todo caso de soportarlas con paciencia, fue una tarea especializada, y probablemente llegó a América con los primeros cazadores y recolectores. En el Norte del Perú se han encontrado suficientes evidencias arqueológicas e iconográficas como para dar cuerpo a la hipótesis de la vigencia prehispánica de estas prácticas ligadas especialmente a los alucinógenos” 1

1.- Después de la muerte. Voces del Limbo y el Infierno en territorio andino. Luis Millones. Fondo Editorial del Congreso del Perú. Punto & grafía. Pág. 147. Lima.