Diego Lazo Herrera

 

El arzobispo de Lima Augusto Vargas Alzamora, aterrado frente a la posibilidad de que los evangélicos llegaran al poder con Fujimori en 1990, decidió sacar al Señor de los Milagros en una procesión extraordinaria en pleno mayo para conjurar la amenaza protestante. Como sabemos, su candidato sería derrotado, pero eso no alejó al clero del poder. Aquella no ha sido ni la primera, ni mucho menos la última elección presidencial donde la Iglesia ha sido protagonista. La contienda del 2021 no es la excepción.

Rafael López Aliaga ha resucitado a Solidaridad Nacional, agrupación sumida en escándalos de corrupción y con su líder histórico procesado y detenido. No solo ha rebrandeado el partido, ha tomado control absoluto el mismo bautizándolo como un “partido cristiano”, imprimiéndole un carácter personal, porque el candidato celeste es miembro del Opus Dei, convirtiéndose así en el primer candidato presidencial peruano que es miembro de la Obra, una prelatura personal, la única en realidad, de la Iglesia Católica, que ha sido tan polémica como el mismo López Aliaga y de la que siempre se ha sospechado por su ambición de poder, tanto al interior de la Iglesia como en la política.

Nacida poco antes de la guerra civil española, fue fundada por Josemaría Escrivá de Balaguer y floreció en los cincuenta y sesenta, en pleno apogeo de la dictadura franquista. Consiguió convertirse en una “fuerza política, financiera y mediática potentísima” según el historiador Jordi García. Escrivá se convirtió en confesor del dictador Franco y los miembros de su organización llegaron a ocupar un tercio de los ministerios españoles, haciendo posible la inserción de España en el bloque de las potencias occidentales, que antes sospechaban de Franco por sus orígenes fascistas. Se acuñó el término “tecnocracia del Opus Dei” para explicar el “milagro económico español”, gracias a figuras como Mariano Navarro Rubio o Alberto Ullastres.

Pero los miembros de la Obra no solo han colaborado con la dictadura española. En el Chile de Pinochet, muchos de sus miembros formaron parte de las juventudes que apoyaron la permanencia del dictador en el poder. El mismo Escrivá visitaría el país sureño poco después del golpe que derrocó a Allende. El supernumerario Joaquín Lavín casi se convierte en el primer jefe de Estado miembro del Opus Dei, cuando en 1999 postuló por la UDI, la colectividad política que agrupó a los pinochetistas tras la transición.

La jefatura del Opus Dei siempre ha desestimado estos juicios, diciendo que sus críticos provienen de sectores anticlericales o de religiosos recelosos de su meteórico ascenso. Arguyen que sus miembros gozan de libertad política y son ellos quienes deciden si forman parte de algún gobierno. En esto consiste el primer éxito del movimiento. Mientras que los clérigos católicos tienen prohibido intervenir en política, los numerarios del Opus Dei, aunque hacen votos y viven en comunidad, son formalmente laicos y, por lo tanto, están exentos de dicha prohibición. En el libro Cipriani como actor político, Carlos Manuel Indacochea explica que el Opus Dei, aunque declara públicamente la independencia de sus miembros, como organización se asegura de movilizar su apoyo coordinado contra lo que considera amenazas a la moral católica (el aborto, el humanismo secular, el liberalismo político pero no el económico, el socialismo o el comunismo). Es decir que, en los hechos, el movimiento está asociado a posturas ultraconservadoras y sus miembros suelen pertenecer a partidos de derecha. Por eso nos nada raro, que sus miembros hayan conseguido ocupar los ministerios de Defensa o del Interior en Portugal, Chile, Uruguay, Argentina, España y el Perú.

Su segundo éxito es la introducción en la doctrina católica del concepto “santificación a través del trabajo”. Escrivá logró introducir una idea propia de la teología calvinista en el catolicismo, ajeno a la ética weberiana del trabajo. En el cristianismo protestante la salvación no se gana con obras de caridad ya que Dios ha predestinado quien se salva y quien se condena. Por el contrario, la acumulación de riquezas es un síntoma de estar bendecido, mientras que, en la visión católica, es el pobre quien goza del amor divino. No por nada muchos de los miembros del Opus son empresarios ricos. Tanto éxito ha tenido Escrivá que la idea ha inspirado a otros movimientos católicos ultraconservadores como el inefable Sodalicio o el movimiento Schoensttat que también colaboró con el pinochetismo.

En el Perú el Opus Dei ha contado con políticos como los supernumerarios Martha Chávez, Luis Solari o Enrique Chirinos Soto, pero las figuras más resaltantes han sido los numerarios Rafael Rey y el cardenal Cipriani, ambos hijos de los fundadores de la Obra en el Perú. La férrea defensa que ambos han hecho de la figura y la obra de Alberto Fujimori los hizo personajes polémicos por sus constantes excesos verbales. Cipriani no dudó en usar el púlpito para lanzar proclamas políticas, mientras que Rey Rey llegó a irse a los puños en un par de ocasiones tras ocasionar riñas políticas.

Rafael López Aliaga recoge toda esta tradición del Opus Dei. Millonario, rabiosamente anticomunista, de extrema derecha y ultraconservador, se ha lanzado en esta campaña como un cruzado defendiendo el santo sepulcro. No es exagerado señalar que sus más fanáticos seguidores y candidatos al Congreso se ven a sí mismos como la sección peruana de una milicia universal dispuesta a derrotar al demonio comunista y homosexualizador. Al nuevo líder de Renovación, se le ha tildado de fascista, algo que podría interpretarse como una exageración, sin embargo, él se ubica claramente en la línea de caudillos neofascistas como Trump o Bolsonaro. Sus propuestas confirman esta afinidad, el candidato celeste propone expulsión de venezolanos (xenofobia), convertir al Perú en potencia mundial (populismo y nacionalismo) y crear brigadas de voluntarios que sustituyan los programas estatales de asistencia social con apoyo de grandes empresarios (corporativismo). También ha convocado a las fuerzas de choque de la ultraderecha, como al sentenciado líder de La Resistencia, Juan José Muñico, alias Jota Maelo, y el fujitroll Frank Krklec, alias Catársis y Harakiri.

No están dadas las condiciones para que López Aliaga se convierta en un Bolsonaro, pero lo más probable es que busque crearlas. ¿Qué lo detendría? En sus negocios ha demostrado audacia para vulnerar límites sin miramientos. Cuando el Ministerio de Transportes abolió el monopolio de su empresa en la ruta hacia Machu Picchu, denunció penalmente a los funcionarios responsables. “O sea, al final yo invierto para que vengan dos señores y así de fácil empiecen a operar”, declaró para Perú 21 en referencia a los dos nuevos operadores contra los que compite. Irónicamente, una de sus banderas es la abolición de los monopolios. Otro de sus negocios más conocidos es el emporio comercial Compu Palace; para su construcción fue necesario demoler la histórica casona Marsano, lo que se hizo sin la licencia debida, evitando así la oposición que generaría la solicitud de demolición de la monumental casona. Fue mucho más práctico derruirla sin autorización y después pagar la multa impuesta por la Municipalidad de Miraflores.

Esta temeridad para la consecución de sus metas en lo empresarial se refleja en su campaña electoral, difundiendo encuestas falsas y bulos como que el MINEDU habría obligado a niños a besarse o diciendo que cuando una niña violada queda embarazada “ya no es niña, es una mujercita”. No por nada Escrivá escribió en su libro Camino “no hagas caso, siempre los prudentes han llamado locuras a las obras de Dios. ¡Adelante, audacia!”