Siguiendo su tradición colonial, las últimas 48 horas en las que ya no podían circular encuestas, Lima ha sido una ciudad llena de rumores. A diferencia del pasado en esta oportunidad, esos rumores no corrían de puerta en puerta sino, valga el anglicismo, de «chat» en «chat». El más sonoro era un audio en el que se decía que al 56% de resultados de una encuesta de dos mil entrevistas, una candidata superaba a su opositor por más de diez puntos. Otros eran exquisitos cuadros estadísticos con los logos de las empresas encuestadoras más conocidas del país en los que se podía encontrar todo tipo de resultados, a gusto del industrioso autor de los brulotes. Contra esos medios confusionistas, en las calles se producía la última (y verdadera) encuesta de opinión sobre las elecciones: la que recogía lo que los limeños de sectores altos pensaban en realidad sobre lo que ocurriría el domingo 6 de junio.

El viernes fue un infierno para los bancos. Los pedidos de retiro de dólares en efectivo superaron todo antecedente, al grado que la disponibilidad de los billetes verdes se agotó y las entidades financieras tuvieron que solicitar el apoyo del Banco Central de Reserva y del Banco de la Nación. Las transferencias al exterior menudearon, congestionando los programas informáticos encriptados del sistema financiero.

Muchas empresas con oficinas en San Isidro, Miraflores y Surco despidieron a sus empleados con el anuncio de que el lunes 7 sería «feriado voluntario» y que no abrirían sus puertas porque habían sido alertadas por sus asesores de seguridad de que ese día se producirían tumultos y saqueos que podrían afectarlos.

El sábado, por la mañana, los supermercados se abarrotaron. Los pedidos de alimentos y productos adelgazaban sus existencias al grado de vaciar anaqueles y dejarlos sin capacidad de reposición. Un nivel de compras que ninguno de sus especialistas en marqueteo había logrado predecir.

Por último, tampoco era posible encontrar espacio en ninguna aerolínea con vuelos al exterior. Familias completas se tomaban vacaciones, con perro incluido en algunos casos, y el aeropuerto se saturaba con quienes esperaban encontrar un lugar por cancelaciones de última hora.

A este fenómeno los psicólogos le llaman el Efecto Pigmalión o la profecía autocumplida.