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El monseñor Carlos Castillo, arzobispo de Lima, ha sido incisivo en la homilía dominical desde la catedral de Lima, sobre el estereotipo y la adjetivación de “caviar”, que hoy en día es muy utilizado para descalificar al adversario, que solo sirve para deslegitimar cualquier iniciativa que busca cuestionar la agenda conservadora de los extremos —derecha e izquierda— que hoy están unidos en el Congreso y están en una arremetida brutal contra la ciudadanía, los derechos civiles e inclusive legislando para favorecer a la delincuencia.

Olvídense de la acepción que tenía el término “caviar” en su momento, cuando se utilizó por primera vez allá a finales de los años 70, en los sectores sindicalistas del Partido Socialista francés, que tenía en el gobierno de esa época a François Mitterrand, cuestionando a sus camaradas que provenían de la academia o de sectores económicos acomodados que militaban en la izquierda; pero ojo, era una crítica política muy distante a lo que hoy significa.

Hoy, no tiene nada que ver el término que se acuñó en esa época como “caviar”, al contrario, es un término peyorativo, un insulto al adversario político, que ante la falta de argumentos generalizan el adjetivo para descalificar a todo aquel que disiente o, peor, que se atreva a cuestionar o criticar los abusos y atropellos que cometen los extremos en el poder; ojo no es solo la extrema derecha, es también la extrema izquierda que utiliza muy bien el mote, para descalificar al oponente.

Por eso, monseñor Castillo ha sido enfático en su alocución dominical, con la utilización del término “caviar” como insulto y como tacha a cualquiera que quiera aportar algo importante a la sociedad.

Las redes sociales están llenas de insultos y agravios y el término común que utilizan para descalificar los troles es el de “caviar”. Me genera temor que esto escale, porque hay que recordar la adjetivación y condena a los judíos, que después se convirtió en la persecución histórica que sufrieron.

Ojo, somos un país laico, pero con mucha tradición católica, por tanto, la palabra del monseñor Castillo es referente para millones de peruanos que nos sentimos católicos, pero que evidentemente respetamos y toleramos las otras creencias religiosas, sin distinción.

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