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El escándalo en torno a Corpac puede tener el mismo futuro que tuvo el escándalo normalizado de Petroperú o el de Migraciones con la emisión de pasaportes; es decir, que la indignación sea momentánea, pero que al final nada cambie y las personas se acostumbren a la sinvergüencería permanente.

En el caso de Corpac es peor que los millones que se desembolsan continuamente a la quebrada Petroperú, o la ineptitud de Migraciones para ser efectiva como antaño, porque de Corpac dependen los miles de pasajeros que a diario se encuentran en el aire.

Los pilotos, tanto en el aire como en la tierra, siguen instrucciones de los controladores aéreos, desde la altitud a la que deben volar hasta en qué puerta deben estacionar el avión. Sin embargo, cuando se tiene a controladores con fatiga, que duermen en horario laboral mientras miles de vidas dependen de ellos en el aire, el riesgo de una tragedia con centenares de muertes es cada vez mayor.

Corpac ya estuvo involucrada en una tragedia hace poco, en 2022, cuando tres bomberos murieron al impactar un vehículo contra un avión. Luego se descubrió que los controladores ganaban sueldos de ministros y trabajaban horas extras; y, este año, la cereza del pastel fue el apagón en el aeropuerto Jorge Chávez, que fue un papelón a nivel internacional.

A raíz del último evento, la congresista Tudela ha presentado un proyecto para privatizar la empresa Corpac. Esta medida no solo es positiva, sino urgente. Esta empresa —así como todo el sector público—, ya sea por corrupción o ineficiencia, ha demostrado que no tiene la capacidad —irónicamente— para brindar seguridad al transporte más seguro del mundo.

Por ello, los dogmas ideológicos no deben ser motivo para mantener en riesgo a los miles de pasajeros diarios en el espacio aéreo peruano. Los congresistas y altos funcionarios también viajan en avión y dependen de esta desastrosa compañía.