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“Los jóvenes ya no quieren tener hijos”. La TDN en la Unión Europea viene disminuyendo drásticamente en las últimas décadas. En Estados Unidos se tiene hoy por hoy 1.6 hijos en promedio.

Acá en Perú no he visto el índice, pero me puse a pensar en un promedio personal: ¿de cuántos hermanos eran las familias de mis diez mejores amigos en el colegio y cuántos hijos tienen esos amigos hoy? 4 hermanos eran en promedio cuando yo estaba en el cole, es decir, los amigos de mis papás tenían cuatro hijos en promedio. Ahora son dos. En mi generación de cuarentones, haciendo un promedio de cuántos hijos tienen hoy estos compadres y comadres que hace 30 años eran mis compañeros de aula, me sale 1.8 para ser específico. Las razones son varias, desde que antes había más espacio -muchos vivíamos en casas, ahora todos en departamentos-, factores económicos, posibilidades de crianza -ahora mamá y papá trabajan-, espacio mental (queremos ser más presentes con nuestros hijos) y una larga lista de motivos más.

Hay muchas personas que no quieren tener hijos y, por supuesto, es una decisión totalmente válida. Algunos dicen que somos demasiados en este planeta, y quizá no les falta razón. Otros sienten que “la calle está dura” y no es buena idea traer hijos a un mundo con guerras, polarización e inseguridad.

Haciendo nuevamente un promedio personal y no estadístico, pensé: tengo siete hermanos, conmigo ocho. De los ocho, dos decidieron no tener hijos, por voluntad absolutamente propia. ¿Los veo infelices? Para nada.

Ahora bien, veo un montón de gente joven que no quiere tener hijos y tengo la sensación de que una gran mayoría no es que no tenga el deseo, sino que creen que no lo tienen. Yo creo que los hijos le dan sentido a la vida y a ellos les quiero dejar estas palabras de José Saramago (premio Nobel de Literatura): “Los hijos son seres que Dios nos prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos y de aprender a tener coraje, porque son solo un préstamo, el préstamo más preciado, son nuestros solo mientras no pueden valerse por sí mismos, luego le pertenecen a la vida, al destino, y a sus propias familias”.

“Dios bendiga a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos”.