¿Quién quiero ser?
¿Quién quieren ser estos personajes? ¿Dormirán tranquilos después de una jornada de fechorías? ¿Podrán mirar a sus hijos sin sentir vergüenza por cómo es que consiguen el sustento diario? ¿A quién emulan? ¿Por quién sienten admiración o respeto? Los audios, el tema de los noticiarios dominicales, añaden evidencia a lo que muchos de nosotros conocemos: […]La entrada ¿Quién quiero ser? se publicó primero en Diario UNO.
¿Quién quieren ser estos personajes? ¿Dormirán tranquilos después de una jornada de fechorías? ¿Podrán mirar a sus hijos sin sentir vergüenza por cómo es que consiguen el sustento diario? ¿A quién emulan? ¿Por quién sienten admiración o respeto?
Los audios, el tema de los noticiarios dominicales, añaden evidencia a lo que muchos de nosotros conocemos: que la educación hace tiempo que tocó fondo, que está en crisis, ya que entre las muchas cosas a las que no ayuda, es a la formación de ciudadanos. Las conversaciones que escuchamos tienen por común denominador la ausencia de escrúpulos. El atajo, la ambición desmedida, la mentira, la trampa y otros comportamientos igual de deleznables, se escuchan de uno y otro interlocutor. Comprobamos que para estos protagonistas, el otro no existe y que tampoco existe su yo, porque quieren ser y tener, a toda costa, aquello por lo que no han trabajado y que por tanto no merecen, entonces los escuchamos repetir sin tapujos: ¡Dame una mano pues mi hermanito!
Está muy bien que se busque sancionar (y ojalá que esa sanción llegue pronto y que luego se haga efectiva. No vaya a resultar que al final del proceso sancionador, el sancionado presente un recurso de casación y la justicia lo ampare). No creo, sin embargo, que la sanción elimine el mal comportamiento. Una buena educación, en cambio, sí. Una educación basada en la adquisición de valores, forma buenas personas: ciudadanos conocedores de sus obligaciones y también de sus derechos (en ese orden).
¿Quién quieren ser estos personajes? ¿Dormirán tranquilos después de una jornada de fechorías? ¿Podrán mirar a sus hijos sin sentir vergüenza por cómo es que consiguen el sustento diario? ¿A quién emulan? ¿Por quién sienten admiración o respeto? Quizás en su desesperado afán por medrar a toda costa no se detengan ni por un instante a cuestionarse. Están lejos, muy lejos, del bien y del mal. La suya es una dimensión en la que respiran y se mueven como los bichos lo hacen en el miasma. No sienten vergüenza porque para ellos es su aire, su atmósfera, por eso se tratan de “hermanito”, “hermanón”, “compadre” y otras parentelas que les permiten reconocerse como integrantes de una banda a partir del santo y seña.
Son tiempos difíciles los que corren. Pareciera que se hunde el barco con nosotros dentro. Quizás sea oportuno que recordemos que estas cosas pasan en buena medida porque nosotros dejamos que pasen. Entonces no permitamos que los días pasen y terminemos acostumbrándonos a que estos rufianes sigan carcomiendo lo que queda de nuestro país.
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Fuente original: Diario UNO
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