Pequeñas f(r)icciones: La fábula del expremier insensato

Fuente: Perú21 Publicado: 6 min de lectura
Pequeñas f(r)icciones: La fábula del expremier insensato

Había una vez un pueblo llamado Ciudad Libre. Un día, no se sabe de dónde, arribó un viejo sin edad, con el rostro agrietado y las manos gastadas. Don Aníbal era —parecía ser— un anciano entrañable. Una mañana, semanas después de su llegada, arrastró sus pies frente al local donde los pobladores discutían la renovación de la junta vecinal. “Qué se encargue él”, dijo una voz, señalándolo, “se ve que es una persona seria”. Todo fue tan rápido que antes de que el anciano pudiera opinar, ya lo habían hecho juramentar y firmar un acta de aceptación. De esta manera, casi sin querer queriendo, don Aníbal quedó convertido en el flamante presidente de la junta vecinal de Ciudad Libre.

Al día siguiente, don Aníbal se despertó con inusitada vitalidad. Se tomó un café cargado sin azúcar, se puso los lentes de abogado y estudió a conciencia el estatuto que le habían entregado. A mediodía, volvió al local comunal. Cambió la chapa de la puerta y contrató a un vigilante para que cuide el local. Luego emprendió un agresivo programa de multas y lo llamó: “impuestos del pueblo”. Además, anunció el enrejamiento del parque y la loza deportiva, con el fin de cobrar entrada. “Así como Hitler hizo potencia mundial a Alemania, yo haré lo mismo con Ciudad Libre”, aseveró ante la atónita mirada de algunos pobladores.

Una tarde, uno de los vecinos más belicosos llegó malhumorado hasta el local. “¡Qué carajos le pasa a usted!”, le lanzó a don Aníbal. Se lo dijo frente a otros pobladores descontentos que también habían ido a pedir explicaciones.

—¡Cómo está eso de que quiere enrejar todo! —dijo el poblador—. No se olvide que su cargo es temporal.

—Oiga, primero me baja el tonito —dijo Don Aníbal, con esa voz que hincaba los oídos—. ¿O quiere que la seguridad lo saque a patadas de aquí?

El hombre que había levantado la voz intercambió miradas con los otros pobladores. Todos estaban sorprendidos. Ninguno podía creer lo que escuchaban. ¿Era este el viejito desorientado que habían nombrado presidente? ¿Era el mismo?

—Segundo —continuó don Aníbal— el enrejamiento ya empezó y no lo para nadie. Y tercero, he leído el estatuto, y la elección cada tres meses es optativa. Así que yo opto por quedarme hasta cuando me dé la gana.

El hombre enmudeció y, ante la mirada atónita de los demás, salió del local. Don Aníbal pareció empinarse e hinchársele el pecho. “Vete de aquí, bazofia, golpista, enemigo del pueblo. Se te acabó la mamadera”. De pronto, uno de los que se habían quedado se identificó como periodista y le hizo una pregunta elemental: “Don Aníbal, ¿ya convocó a una licitación para el enrejado?”. Don Aníbal lo miró de arriba a abajo y de abajo a arriba. Ya incluso antes de abrir la boca, su rostro agravado y su puchero maloso anunciaban con claridad el tenor de la respuesta.

—¿Qué pregunta es esa? ¿De qué licitación me hablas? Seguro que eres un periodista mermelero.

—Ningún mermelero —respondió el poblador, sin dar un paso atrás—. Solo quiero saber qué empresa va a hacer la obra.

—Tú no te preocupes, la empresa es de mi hermano.

—¿De su hermano?

—Sí, de mi hermano. ¿Por qué?

—Eso es corrupción. Al final, usted resultó siendo igual o peor que los de siempre. ¡Viejo corrupto!

—¿A quién le has dicho viejo, muchachito insolente? —Luego, mirando al joven que vigila la puerta—. ¡Seguridad! ¡Sáqueme de aquí a este miserable! ¡Enemigo del pueblo!

Envalentonado, don Aníbal se dedicó los siguientes días a afianzar su poder y a defenderse de las acusaciones de corrupción en su gobierno. La ineficiencia, la crisis económica y el doble discurso cimentaron un gradual y continuo descontento. Una mañana, luego de semanas de protestas esporádicas y sin concierto, el embalse social no soportó más. Así, mientras don Aníbal tomaba su café sin azúcar, le hicieron llegar un ejemplar del diario que, en irónica tinta roja, titulaba la arenga que, horas después, se multiplicaría y haría retumbar los cimientos de la ciudad: ¡Aníbal, renuncia, el pueblo te repudia!

Esa misma tarde, don Aníbal llegó hasta el local comunal, rodeado por su seguridad personal y por los pocos pobladores que todavía se beneficiaban de él. Mientras la hora avanzaba, los pobladores fueron llegando a los exteriores. Pese a que la seguridad les impedía acercarse al local, los habitantes, movidos por una suerte de impulso natural, fueron llegando sin que nadie los convoque. Para el mediodía, el rumor de la renuncia de don Aníbal iba y venía a través de los oídos y bocas de casi todos los pobladores. Los miembros de la seguridad empezaban a transpirar. En sus rostros empavorecidos quedaba claro que si la masa quería avanzar y tomar el local, ya nadie, mucho menos ellos, lo podría impedir. De pronto, don Aníbal salió a la puerta del local y, con un megáfono, se dirigió a la multitud.

—Amigos de Ciudad Libre. Los corruptos de antes me quieren sacar porque no soportan la competencia. Ahora ustedes tienen un mal concepto de mí, pero no los culpo. La culpa es de los sectores de derecha que les han hecho creer mentiras sobre mi gestión. Por ese motivo, he tomado medidas: la primera es disolver, repito, disolver la junta directiva, y segundo, es convocar, en el tiempo más inmediato posible, a una asamblea general para la redacción de un nuevo estatuto. Mientras tanto, yo concentraré todo el poder.

Ese, sin duda, fue el momento del quiebre. Los cientos de pobladores, decididos, avanzaron hacia el local y la cadena de resistencia formada por los miembros de seguridad fue desapareciendo, uno a uno, eslabón por eslabón. Y no solo dejaron avanzar a los protestantes, sino que, en cambio, se sumaron a ese incontenible tsunami humano.

Apenas sintió el aliento de la gente, don Aníbal dio media vuelta y se encerró en el local. Ni bien cerró la puerta, esta empezó a ser empujada por la multitud. Don Aníbal miraba, con improbable calma cómo la madera de la puerta se arqueaba tanto que parecía de hule, como si estuviera a punto de estallar. “Qué desagradecido es el pueblo”, pensó, y luego, justo antes de que la turba irrumpiera, se preguntó: “¿La embajada de México estará muy lejos de aquí?”.

MORALEJA

Si has sido expremier, estás libre y te apellidas Torres, deja de azuzar la violencia y no jorobes.

El texto es ficticio; por tanto, nada corresponde a la realidad: ni los personajes, ni las situaciones, ni los diálogos, ni quizá el autor. Sin embargo, si usted encuentra en él algún parecido con hechos reales, ¡qué le vamos a hacer!

Fuente original: Perú21

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